Ya acumulamos al menos tres pérdidas. Mejor dicho, tres fracasos de todos nosotros. Dos expulsados porque hicieron un daño y una alumna que se va por haber sido dañada. Y, al menos en lo formal, parece que no nos pasa mucho. Los adultos pasamos piola. La responsabilidad institucional no se ve asumida por ninguna parte.
Desleal: Que obra sin respeto y fidelidad a los propios principios, a los compromisos establecidos o hacia alguien.
El 3 de mayo el canal oficial del Colegio informó: “hoy miércoles se reintegró una estudiante del III Ciclo al colegio, conforme al debido proceso y al cierre del protocolo abierto por hechos derivados del 31 de marzo…”. Con algo de retraso (se comprometió semanal) el canal oficial daba cuenta de lo que asumo es una buena noticia: las cosas volviendo a la normalidad, recuperando una alumna que no estaba. Reinicio de la rutina que el capellán anotó como necesario para seguir adelante y sanar las heridas.
El mismo miércoles, vaya sincronía, llegó por Whats App otra noticia: nos enteramos con dolor que una alumna de 8vo básico, junto a sus padres, decidió que ese sería su último día como alumna. Se fue del colegio. No fuimos la comunidad que ella esperaba y necesita.
El colegio nos ha instado a cuidar lo que decimos, no estimular rumores, no replicar todo, que sea verídico, no anónimo y, sobre todo, que contribuya a soluciones y no a conflictos. El llamado es claro: No atornillar al revés.
¿Como entender entonces esta falta de coherencia en la comunicación? Cómo confiar en el canal oficial si el extraoficial informa más, mejor y además nos permite ser solidarios y hacernos cariño. Se dirá que no todo es obligatorio de informar, menos cuando alguien se va. Es cierto. La pregunta no es por lo obligatorio, sino por lo necesario y lo sano.
La comunicación para ser creíble debe ser transparente, y la transparencia no es un conjunto de “buenas noticias” seleccionadas por alguien, sino que un continuo de información fiel a hechos relevantes. Sólo así puede ser herramienta para tomar decisiones que permitan enmendar rumbos. La comunicación es un equilibrio de lealtades. Si no lo es, no funciona, se transforma en un simulacro, un ejercicio vano, semilla que cae en piedra.
Acumulamos al menos tres pérdidas. Mejor dicho, tres fracasos de todos nosotros. Dos expulsados porque hicieron un daño y una que se va por haber sido dañada. Y en lo formal, no nos pasa mucho. Los adultos pasamos piola. La responsabilidad institucional no se ve asumida por ninguna parte. Si la institución ha cometido errores en la coeducación, dónde están los expertos analizando los 8 años pasados, dónde está el análisis independiente y confiable, cuál es el rediseño institucional sobre roles y cargos directivos.
Mi señora, con 25 años de experiencia en educación, me dice que algunos colegios grandes “hacen la pérdida”. Ya sea que se vayan o que “los vayan”, la forma de solucionar problemas en algunos establecimientos es lograr que los más problemáticos, más hinchadores, menos adaptados, incluso los maltratados antes que los maltratadores, terminen saliendo. Y cada vez que escribo me dice que estoy sacando número en la fila de los problemáticos. Y me pregunta, con razón, si vale la pena seguir hinchando.
A ratos yo me lo pregunto también. ¿Debemos seguir hablando de esto? ¿Contribuye? ¿Es limpiar la herida o provocar más dolor? ¿Estaremos contribuyendo sólo a exasperar?
Y me acuerdo Matrix. Esa película en que se elige la pastilla azul o la roja. Una nos lleva al sueño placentero y la otra a la cruda realidad. Ambas alternativas son válidas. No es un mal contra un bien. Todo discernimiento es sobre dos bienes, complejos y llenos de matices, imposibles de abordar aquí.
Podemos elegir el azul: Dejar de escribir, de reunirnos, de alegar. Felicitar que las niñas vuelvan a clases. Confiar en las buenas noticias y en que generaremos mayor disciplina y control. Apretar los dientes y rezar para que no quede ninguna nueva “tole-tole”. Aplicar fuerza y fe mientras queden cursos no mixtos. Y rezar mucho por todos los afectados, que sea el mínimo que se vaya o que haya que ir. En una palabra: Resistir. Cosa nada fácil.
O pararnos en el rojo: Esa parte de la película en que Neo decide, aunque más feo, vivir lo real. Entender que tenemos un quiebre profundo, un dolor en el alma, que ya fracasamos como comunidad tres veces y que cada nuevo fracaso no hará más que ampliar las grietas. Ignacio diría “orad como si Dios cuidara de todos; actúa como si todo dependiera de ti”.
En el rojo es un deber seguir escribiendo, hablando, pidiendo, exigiendo. No conformarnos con que el único resultado de todo esto sea perder a tres de los nuestros, que merecían más de nosotros. Tres familias que eran nuestros amigos, nuestros compañeros, nuestros hermanos. Yo empatizo y me da dolor de estómago cuando pienso en esas tres familias que han debido salir a buscar colegio en mayo. Con el estigma del San Ignacio, con la necesidad de dar explicaciones que ni siquiera aquí se han dado.
El rojo nos obliga a volver a eso que le enseñamos a los cabros y cabras cuando chicos: “qué quiere Dios para mí” y “cómo hacer felices a los demás”, especialmente a los que lo han pasado mal y lo siguen pasando mal. Porque, aunque el “canal oficial” fuerce la normalidad, tenemos niños y niñas, y padres y madres, que lo están pasando aún demasiado mal.
Una confesión final: Pensaba rematar este texto con una reflexión sobre la lealtad y la fidelidad de los comunicadores hacia a las audiencias. Pero escribir también sirve para aclararse uno mismo.
Y mientras escribía también pensaba que quizás soy yo el que no está entendiendo. Quizás no es una falla comunicacional. Ni falta de asesores o de hacerles caso. En realidad, quizá lo que nos transmite el canal oficial, con intención o sin ella, es una oferta de pastillas azules de fácil acceso. Cada uno discernirá en cuál remedio cree más.
Cuando estoy terminando estas líneas me invitan a una reunión de delegados en la cual la dirección del colegio le da una nueva vuelta a la tuerca. Entiendo que se hará por curso, o por nivel. Se presenta un relato más acabado, una especie de evaluación de lo hecho a partir del 31M, un detalle de muchas cosas que se han hecho, un reconocimiento de errores, peticiones de perdón y, lo más importante para mí, una invitación a colaborar.
Como lo dije en la reunión es, sin duda, un avance: Información con mayor claridad y apertura a dialogar que valoro en toda su magnitud y comprendo en toda su dificultad. Y también, lo considero absolutamente insuficiente, porque así como un reclamo que no se funda en hechos concretos se transforma en una queja imposible de gestionar, un perdón vacío de enmiendas se transforma en una excusa que elude responsabilidades.
Le doy a esta nueva iniciativa del colegio todo el beneficio, no de la duda, sino de la oportunidad. Y espero, que más allá de cierta confusión en su citación, todos y todas puedan con buena fe participar, escuchar y, sobre todo, hablar.
Como siempre, gracias por leer. Abrazo!